Ganador Edición IX

1995

Mañana en la batalla piensa en mí

Como sucede en las últimas novelas de Javier María, la primera frase ya dice mucho, quizás demasiado: “Nadie piensa nunca que pueda ir a encontr5arse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda”.

Esto es lo que le ocurre al narrador de su nueva y extraordinaria novela. Victor Francés es guionista de televisión y *negro* o *escritor fantasma*, encargado de redactar los discursos de los hombres importantes e ignorantes. Divorciado recientemente, es invitado a cenar a su casa por Marta Téllez, mujer casada cuyo marido está de viaje en Londres y madre de un niño de casi dos años. Tras la cena galante, el hombre y la mujer pasan al dormitorio, donde, *aún medio vestidos y medio desvestidos*, María Téllez empieza a sentirse mal hasta que agoniza y muere en una escena sobrecogedora. Esa infidelidad no consumada se convierte así en una especie de *encantamiento*, con problemas bien reales e inmediatos: qué hacer con el cadáver, avisar o no avisar, qué hacer respecto al marido, qué hacer con el niño dormido, qué diferencia hay entre la vida y la muerte. Victor Francés tomará pronto sus decisiones o más bien no las tomará y se irá dejando llevar por sus pasos, inofensivos unas veces y otras envenenados. Conocerá a la familia de su muerta, al padre, Téllez, viejo académico y cortesano; al marido, Deán, con su capacidad de comprensión y de inclemencia infinitas; a la hermana menor, Luisa, a quien seguirá sin propósito. Y se irá poniendo en situación de contar su secreto a quienes no debe. En un Madrid invernal y nocturno, dominado por l a niebla o por las tormentas como una isla sitiada, el narrador se convertirá en una sombra que no quiere ir a buscar nada y, sin embargo, va encontrando: al Único, para quien deberá escribir un discurso, en una hilarante escena palaciega; a su amigo Rulbérriz de Torres, aficionado al hipódromo y que lleva pintada en la cara su esencia de sinvergüenza; a la puta Victoria de otra larga noche de su pasado en la que confundió su rostro con otro nombre. Y entretando una maldición va resonando: “Mañana en la batalla piensa en mí, y caiga tu espada sin filo: desespera y muere”.

Una vez más, la escritura asombrosa de Javier Marías sume al lector en un hechizo del que no querrá salir. Con aún mayor fuerza que en sus anteriores éxitos. Todas las almas y Corazón en blanco, el autor logra un intensa narración sobre algunos asuntos que nos atañen a todos: sobre el ocultamiento, sobre la voluntad que casi nunca se cumple, sobre la negación de las personas que una vez quisimos, sobre el olvido que hace que todo “viaje hacia su difuminación lentamente”, sobre la indecisión, sobre la despedida y finalmente sobre el engaño, que quizá “es nuestra condición natural, y en realidad no debería dolernos tanto”.


Javier Marías

Javier Marías (Madrid, 1951) es autor de las novelas Los dominios del lobo, Travesía del horizonte, El monarca del tiempo, El siglo, El hombre sentimental (Premio Herralde de Novela 1986), Todas las almas (Premio Ciudad de Barcelona 1989), Corazón tan blanco (Premio de la Crítica 1993) y, en 1994, Mañana en la batalla piensa en mí. También es autor dl libro de relatos Mientras ellas duermen, de las colecciones de ensayos y artículos Pasiones pasadas y Literatura y fantasma, del volumen de la rara antología Cuentos únicos. Entre sus muchas traducciones cabe destacas Tristram Shandy, de Sterne (Premio Nacional de Traducción 1979). Ha sido profesor de la Universidad Complutense de Madrid, ciudad en la que ahora vive.

Sus obras se han publicado en Francia, Reino Unido, Alemania, Holanda, Italia, Portugal, Austria, Dinamarca y Grecia con excelente acogida crítica y del público. “Un escritor maravillosamente dotado …Las aventuras de inteligencia y del pensamiento son tan novelescas, tan apasionantes, tan divertidas, tan dramáticas como las de los sentimientos y la acción. Y quizá nunca se había demostrado de manera tan virtuosa” (Le Monde); “Una prosa equilibrada y majestuosa… Una deslumbrante novela, con todo el ingenio y humor y nostalgia que podríamos desear” (Times Literary Supplement).


Discurso de aceptación

Quizá no sea lo más sensato, por parte de un escritor que sobre todo hace novelas, confesar que cada vez le parece más raro no ya el hecho de escribirlas, sino incluso el de leerlas. Nos hemos acostumbrado a ese género híbrido y flexible, desde hace por lo menos trescientos noventa años, cuando en 1605 apareció la primera parte de El Quijote en mi ciudad natal, Madrid, y nos hemos acostumbrado tanto que consideramos enteramente normal el acto de abrir un libro y empezar a leer lo que no se nos oculta que es ficción, esto es, algo no sucedido, que no ha tenido lugar en la realidad. El filósofo rumano Cioran, muerto recientemente, explicaba que no leía novelas por eso mismo: habiendo ocurrido tanto en el mundo, ¿cómo podía interesarse por cosas que ni siquiera habían acontecido? prefería las memorias, las autobiografías, los diarios, la correspondencia y los libros de historia.

Si lo pensamos dos veces, tal vez a Cioran no le faltara razón y tal vez sea inexplicable que personas adultas y/o menos competentes estén dispuestas a sumergirse en una narración que desde el primer momento se les advierte que es inventada. Todavía es más raro si tenemos en cuenta que nuestros libros actuales llevan en la cubierta, bien visible, el nombre del autor, a menudo su foto y una nota biográfica en la solapa, a veces una dedicatoria o una cita, y sabemos que todo eso es aún de ese autor y no del narrador. A partir de una página determinada, como si con ella se levantara el telón de un teatro, fingimos olvidar toda esa información y nos disponemos a atender a otra voz -sea en primera o en tercera persona- que sin embargo sabemos que es la del escritor impostada o disfrazada. ¿Qué nos da esa capacidad de fingimiento? ¿Por qué seguimos leyendo novelas y apreciándolas y tomándolas en serio y hasta premiándolas, en un mundo cada vez menos ingenuo?

Parece cierto que el hombre -quizá aún más la mujer- tiene necesidad de algunas dosis de ficción, esto es, necesita lo imaginario además de lo acaecido y real. No me atrevería a emplear expresiones que encuentro trilladas o cursis, como lo sería asegurar que el ser humano necesita soñar o evadirse (un verbo muy mal visto, este último, en los años setenta, dicho sea de paso). Prefiero decir más bien que necesita conocer lo posible además de lo cierto, las conjeturas y las hipótesis y los fracasos además de los hechos, lo descartado y lo que pudo ser además de lo que fue. Cuando se habla de la vida de un hombre o de una mujer, cuando se hace recapitulación o resumen, cuando se relata su historia o su biografía, sea en un diccionario o en una enciclopedia o en una crónica o charlando entre amigos, se suele relatar lo que esa persona llevó a cabo y lo que le pasó efectivamente. Todos tenemos en el fondo la misma tendencia, es decir, a irnos viendo en las diferentes etapas de nuestra vida como el resultado y el compendio de lo que nos ha ocurrido y de lo que hemos logrado y de lo que hemos realizado, como si fuera tan sólo eso lo que conforma nuestra existencia. Y olvidamos casi siempre que las vidas de las personas no son sólo eso: cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse -todas menos una, a la postre-, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros. Las personas tal vez consentimos, en suma, tanto en lo que somos como en lo que no hemos sido, tanto en lo comprobable y cuantificable y recordable como en lo más incierto, indeciso y difuminado; quizá estemos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser. Y me atrevo a pensar que es precisamente la ficción la que nos cuenta eso, o mejor dicho, la que nos sirve de recordatorio de esa dimensión que solemos dejar de lado a la hora de relatarnos y explicarnos a nosotros mismos y nuestra vida. Y todavía es hoy la novela la forma más elaborada de la ficción, o así lo creo.

En cierto sentido, el libro que el jurado del Premio Internacional Rómulo Gallegos acaba de premiar tan aventurada y discutiblemente trata de eso. En el texto que tienen ustedes en las manos se dice que Mañana en la batalla piensa en mí habla, entre otras cosas, del engaño en el sentido más amplio de la palabra, y se cita una frase de la novela que dice: «Vivir en el engaño es fácil, y aún más, es nuestra condición natural, y por eso no debería dolernos tanto». Se recuerda que todos vivimos parcial pero permanentemente engañados o bien engañando, contando sólo parte, ocultando otra parte y nunca las mismas partes, a las diferentes personas que nos rodean. Y sin embargo a eso no acabamos de acostumbrarnos, según parece. Y cuando descubrimos que algo no era como lo vivimos -un amor o una amistad, una situación política o una expectativa común y aún nacional-, se nos aparece en la vida real ese dilema que tanto puede atormentarnos y que en gran medida es el territorio de la ficción: ya no sabemos cómo fue verdaderamente lo que parecía seguro, ya no sabemos cómo vivimos lo que vivimos, si fue lo que creíamos mientras estábamos engañados o si debemos echar eso al saco sin fondo de lo imaginario y tratar de reconstruir nuestros pasos a la luz de la revelación actual y del desengaño. La más completa biografía no está hecha sino de fragmentos irregulares y descoloridos retazos, incluso la propia. Creemos poder contar nuestras vidas de manera más o menos razonada y cabal, y en cuanto empezamos nos damos cuenta de que están pobladas de zonas de sombras, de episodios inexplicados y quizá inexplicables, de opciones no tomadas, de oportunidades desaprovechadas, de elementos que ignoramos porque atañen a otros, de los que aún es más arduo saberlo todo o saber un poco. El engaño y su descubrimiento nos hacen ver que también el pasado es inestable y movedizo, que ni siquiera lo que parece ya firme y a salvo en él es de una vez ni es para siempre, que lo que fue está también integrado por lo que no fue, y que lo que no fue aún puede ser.

El género de la novela da eso o lo subraya, o lo trae a nuestra memoria y a nuestra conciencia, de ahí tal vez su perduración y que no haya muerto, en contra de lo que tantas veces se ha anunciado. De ahí que acaso no sea justo lo que dije al principio, a saber, que la novela relata lo que no ha sucedido. Quizá ocurra más bien que las novelas suceden por el hecho de existir y ser leídas, y bien mirado, al cabo del tiempo tiene más realidad Don Quijote que ninguno de sus contemporáneos históricos de la España del siglo XVII; Sherlock Holmes ha sucedido en mayor medida que la reina Victoria, porque además sigue sucediendo una vez y otra, como si fuera un rito; la Francia de principios de siglo más verdadera y perdurable, más visitable, es sin duda la que aparece en En busca del tiempo perdido; e imagino que para ustedes la imagen más auténtica de su país estará mezclada con las páginas inventadas de don Rómulo Gallegos. Una novela no sólo cuenta, sino que nos permite asistir a una historia o a unos acontecimientos o a un pensamiento, y al asistir comprendemos.

Saber todo esto -querer creerlo es más exacto- no resulta, a veces, bastante para el escritor mientras está escribiendo. Hay momentos en los que yo levanto la vista de la máquina de escribir y me extraño del mundo del que estoy emergiendo, y me pregunto cómo, siendo adulto, puedo dedicar tantas horas y tanto esfuerzo a algo sin lo que muy bien podría pasarse el mundo, incluyéndome a mí mismo; cómo puedo ocuparme de relatar una historia que yo mismo voy averiguando a medida que la construyo, cómo puedo pasar buena parte de mi vida instalado en la ficción, haciendo suceder cosas que no suceden, con la extravagante y presuntuosa idea de que eso pueda interesar algún día a alguien. Cómo, según definió la actividad literaria el novelista y ensayista y poeta Robert Louis Stevenson, puedo estar «jugando en casa, como un niño, con papel». Todo escritor es aún más lector y lo será siempre: hemos leído más obras de las que nunca podremos escribir, y sabemos que ese interés, ese apasionamiento, es posible porque lo hemos experimentado centenares de veces; y que, en ocasiones comprendemos mejor al mundo o a nosotros mismos a través de esas figuras fantasmales que recorren las novelas, o de esas reflexiones hechas por una voz que parece no pertenecer del todo al autor ni al narrador, es decir, a nadie. Averiguamos también que quizá escribimos porque algunas cosas sólo podemos pensarlas mientras lo hacemos, aunque cuando me preguntan eso tan reiterado -por qué escribo- prefiero contestar que para no tener jefe y para no madrugar. Además creo que es verdad, mucho más de lo que acabo de decir aquí.

Lo cierto es que recibir un premio como el Rómulo Gallegos supone, además de un honor y una gran alegría, una especie de recordatorio benévolo para el futuro. Cuando escriba mi próxima novela, y de vez en cuando haga un alto y levante la vista y me extrañe de lo imaginario que me habrá absorbido durante largo rato, podré pensar que, en contra de mis previsiones y mis aprensiones, una vez, muy lejos de mi país, hubo unos lectores generosos y atentos que no sólo comparten la lengua en la que me expreso sino que lograron interesarse por lo que yo inventé e incorporé al cúmulo interminable de lo que, a la vez, no sucede y sucede, o lo que es lo mismo, de lo que pudo y puede ser.


Jurado

Mempo Giardinelli (Argentina), Luis Goytisolo (España), Elena Poniatowska (México), Julio Ortega (Perú) y Antonio López Ortega.