Don Juan de Austria es la imagen misma del héroe juvenil y prodigioso que en una empresa casi sobrenatural derrota el invencible poderío turco en la milagrosa batalla naval de Lepanto.
Lleno de insalvables contradicciones como Hamlet, arrastrado en la loca carrera de la aventura del poder y del amor como Don Juan, oscilando continuamente entre lo soñado y lo real como Segismundo, es la prefiguración histórica de los tres grandes héroes literarios de Shakespeare, Tirso de Molina y Calderón.
La historia, la novela, la psicología, la rica complejidad del siglo XVI español se combinan en esta obra que devuelve a la apasionada vida de la figura gloriosa y … de Don Juan de Austria.
Don Juan de Austria, es la imagen misma del héroe juvenil y prodigioso que en una empresa casi sobrenatural derrota el invencible poderío turco en la milagrosa batalla naval de Lepanto. Esta es la figura deslumbrante que la leyenda y buena parte de la historia han formado a través de los siglos hasta nuestros días. El hijo natural de Carlos V, el conflictivo hermano de Felipe II, es, fundamentalmente, un personaje trágico en cuya breve vida las peculiaridades de su condición personal y su siglo se manifiestan con desgarrada profundidad. Lleno de insalvables contradicciones como Hamlet, arrastrado en la loca carrera de la aventura del poder y del amor como Don Juan, oscilando continuamente entre lo soñado y lo real como Segismundo, es la prefiguración histórica de los tres grandes héroes literarios de Shakespeare, Tirso de Molina y Calderón. Su corta existencia transcurre en un conflicto nunca resuelto entre el sueño y la realidad, entre lo que espera y lo que logra, entre lo que parece y lo es, entre las más fundadas esperanzas y las más sórdidas frustraciones, poderoso y débil, hombre del destino y juguete del destino, su paso por la historia es uno de los más dramáticos, contrastados y dolorosos. Ni la imaginación literaria ni la historia ofrecen un caso semejante tan rico en promesas, en exaltación, en gloria y, al mismo tiempo, en desventura, en fracaso y en insalvable conflicto interior.
En “La visita en el tiempo” Arturo Uslar Pietri ha devuelto a su conflicto existencial esta conmovedora figura histórica. La historia, la novela, la psicología, la rica complejidad del siglo XVI español se combinan en esta obra que devuelve a su apasionada vida la figura gloriosa y patética de Don Juan de Austria.
Con emoción muy sincera y reflexiva recibo esta insigne distinción, que me ha sido otorgada por el Jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en la séptima ocasión en que se entrega. Es evidente que me complace profundamente porque toca a lo más entrañable que tengo, a lo que creo que finalmente justificará y justifica mi vida, que es mi obra de escritor, y porque es la más alta distinción literaria que concede mi país en escala internacional y -¿por qué no decirlo?- porque han querido las circunstancias que en esta ocasión sea yo, un escritor venezolano, quien por primera vez lo recibe. Quiero agradecer al jurado, compuesto de tan autorizadas personalidades, su voto unánime.
Las circunstancias, no siempre tan azarientas, quieren que sea ésta la primera vez en muchos años que tengo de hablar en público de Rómulo Gallegos. No encuentro la menor dificultad en hacerlo. Fui su amigo durante muchos años, a pesar de la diferencia de edad que nos separaba. Era hombre abierto, generoso, sereno, comprensivo, lleno de curiosidad intelectual, y con quien era muy fácil conversar y entenderse. El joven escritor que era yo entonces lo estuvo tratando con mucha asiduidad, durante mucho tiempo, en una de las aulas más brillantes, más estimulantes, más fecundas de intelectuales que se haya reunido nunca en Venezuela, en la modesta tertulia, entre chibaletes y linotipos, de la Tipografía Vargas, del inolvidable Juan de Guruceaga. Allí, en efecto, en una época dura y difícil en la que había ausencia total de política cultural del Estado, nos reuníamos diariamente escritores y jóvenes artistas, al eco de las máquinas de la imprenta y con el olor de la tinta y el papel, tan estimulantes, y hablábamos de todo cuanto nos importaba, de lo que ocurría en nuestro país, de lo que pasaba en el mundo, de las grandes novedades literarias y artísticas, y de las inmensas esperanzas que cada uno de nosotros tenía dentro de sí como un desafío de lo que podía y debía hacer y, también -¿por qué no decirlo?- como una especie de cumplimiento de obligación para aquel país silencioso que estaba más allá de las paredes de aquella tertulia. Allí tuve la ocasión de hablar muchas veces con Gallegos, se interesó mucho por lo que hacía, me estimuló, habló con mucho elogio de mis cuentos, y fue uno de los primeros en aplaudir públicamente la aparición de Barrabás y otros relatos, que fue mi primer libro.
No es necesario hacer el elogio de Rómulo Gallegos, porque está hecho hace mucho tiempo. Esa estrecha amistad que tuvimos y que mantuvimos abiertamente por muchos años nada tenía que ver con la política, era personal, sincera y profunda, y se mantuvo ininterrumpidamente hasta que los sucesos de octubre de 1945, en los cuales él no tuvo, como lo sabe todo el mundo, ni arte ni parte, hicieron que se interrumpiera esa comunicación. Me complace mucho ratificar hoy aquí mi admiración sin reservas por esta gran figura de las letras venezolanas, por este venezolano ejemplar, por este gran escritor.
El elogio de Rómulo Gallegos se puede hacer con una simple frase: el año de 1929, al publicar Doña Bárbara, Rómulo Gallegos creó la primera novela de dimensión mundial escrita por un venezolano. No es un pequeño elogio. No quiero con esto ni disminuir ni cuestionar el valor de la literatura venezolana del siglo XIX, ni de comienzos del actual. Hubo muy importantes escritores, muy valiosos, pero generalmente muy irregulares, muy discontinuos, muy desiguales y -¿por qué no decirlo?- muy parroquiales. Estaban un poco vueltos al ambiente estrecho de la ciudad pequeña y perdían de vista la perspectiva universal. Parecía a veces que escribían para un pequeño conjunto de amigos, de compañeros de letras, para el elogio del periódico local, sin darle toda la debida apreciación a la importancia que tiene que un hombre, frente a una hoja de papel, se ponga a decir cosas, porque ese hombre frente a esa hoja de papel está, aunque él no lo sepa, frente al mundo.
El primer escritor venezolano que logró -“logró” es una mala palabra porque pareciera una empresa deportiva-, que realizó ese inmenso paso fue Rómulo Gallegos. Antes de Doña Bárbara ningún libro venezolano tuvo resonancia universal; después de él y gracias a él se abrieron en buena parte posibilidades de eco y de compresión para las letras venezolanas en muchos lugares del mundo. No es Gallegos, desde luego, el autor de un libro único y aislado como Doña Bárbara; es el autor de una larga obra, de una obra tenaz y continua, porque él entendía muy seriamente que el oficio de su vida era el del escritor y que el oficio del escritor nunca ha sido fácil, y ha exigido una entrega total de la persona y un esfuerzo que va muchísimo más allá del esfuerzo físico y de las horas que se miden por un reloj.
El conjunto de su obra literaria es de extraordinaria importancia. Algunas de las grandes novelas contemporáneas de la lengua las escribió él, y su dimensión no disminuyó en ningún momento. Yo me complazco que esta ocasión me ponga en la necesidad, para mí muy grata y que cumplo sin esfuerzo, de decir públicamente mi admiración por su gran nombre, que pertenece al patrimonio más inmortal de los venezolanos.
Quiero hablar ahora del libro que ha recibido este premio. Tampoco creo que este premio que ha concedido este jurado tan exigente sea un mero azar, ni un gesto de cortesía. Conozco a los hombres que lo integran, conozco su sabiduría literaria, conozco su buen criterio y conozco su honestidad intelectual profunda, y por eso valoro mucho esa decisión. Yo creo que La visita en el tiempo es una novela importante. La novela es, posiblemente, el más nuevo de los grandes géneros literarios. Prácticamente la Antigüedad no la conoció, y la Edad Media tuvo apenas unos atisbos. La novela arranca con lo que llaman los tiempos modernos. La novela empieza en el siglo XVI propiamente, se afirma en el siglo XVII, y toma toda su fuerza en el siglo XIX. Es el gran género literario moderno. Es un género impuro, un género sin preceptivas, un género cambiante y muy rico, tan rico y tan cambiante que algún crítico pudo decir una vez lo que me parece muy justo: que cada gran novela es como la creación de un género literario. Es verdad porque cada novelista, cada hombre que se enfrenta a esa tremenda empresa de interpretar y expresar al hombre, sabe que no hay receta valedera, y si no es un imitador, y si no es un farsante, y si es un hombre que se encarga con seriedad vital, porque es vital el empeño, a la obra que va a realizar, siente que lo que está haciendo no tiene patrón válido, no tiene guía, no tiene modelo, que, sobre la marcha, el tema y los personajes le están exigiendo e imponiendo las cosas que hay que decir y que dice finalmente. Lo que sale es el producto de todo el proceso largo y confuso de gestación, de maduración, de reflexión, de lucha, de pugna, de aceptación y de rechazo.
La visita en el tiempo es un libro importante, y debo decir por qué. Lo primero que se puede decir fácilmente es el calificativo del que echan mano los preceptistas literarios, si es que todavía existen algunos, y es decir: «es una novela histórica». Yo digo siempre que a los escritores les deben importar tanto las clasificaciones de los preceptistas literarios como a los insectos las clasificaciones de los entomólogos. Los preceptistas literarios andan en un mundo y los creadores de literatura andan en otro, y creo que esto es bueno para ambos. La novela histórica fue un género que tuvo una tipificación muy definida en la época de los románticos, a principios del siglo XIX, pero yo creo que ya no existe, fuera de una industria muy próspera que hay en algunos países como los Estados Unidos, donde hay una verdadera industria de producir novelas históricas, pero ningún escritor serio e importante en el mundo dice: «voy a escribir una novela histórica». El verdadero escritor, el verdadero creador es un hombre a quien le interesa el hombre, a quien le interesa el ser humano, a quien le interesan los conflictos terribles del ser humano, esa condición tan problemática, tan rica, tan impenetrable, tan oscura del ser humano. Esa es la materia de la novela, y por eso la materia de la novela es inagotable, y ese ser conflictivo puede salir de una combinación imaginativa de rasgos en un personaje de ficción, pero puede salir, y así lo he intentado hacer cada vez, de un personaje histórico real. ¿Para qué voy yo a inventar un hombre conflictivo en el cual me puedo equivocar, al cual puedo hacer falso, si el mundo está lleno de hombres conflictivos reales, que no logran ni ellos mismos resolver sus conflictos? Por qué voy yo a fabricar un ser de ficción cuando tantos seres reales están ofreciendo su misterio, que es, además, mi misterio, porque yo no creo que haya gran novela gratuita: toda gran novela es una buceada y una investigación en el yo en la condición humana, y esa investigación empieza por dentro de uno mismo. Yo escribo esa novela, que adquiere esa dimensión en el proceso de hacerla.
No fue que un día dije: «voy a escribir una novela sobre Don Juan de Austria». No lo hubiera dicho nunca porque de Don Juan de Austria yo tenía la visión que tenemos la mayoría de la gente, la del héroe de Lepanto y de las Alpujarras, una figura juvenil un poco ingenua, un poco inmadura, que termina pronto y trágicamente, un héroe para los románticos, como realmente lo fue. Tampoco me interesaba reconstruir la España de Felipe II, esa vocación de arqueología literaria nunca la he tenido, pero cuando me tropecé, por un azar, con la complejidad de aquella personalidad, cuando me di cuenta de su riqueza para revelar la condición humana y para revelar un tiempo -que es un tiempo muy importante- que es el siglo XVI español, que fue el siglo en que se hizo nuestra América, y que allí están las raíces de muchas de las cosas por las que nos caracterizamos y por las que padecemos, me fui metiendo en una investigación que fue muy ardua. No fue que una mañana me vino una inspiración y me puse a escribir una novela. Hay que desconfiar de la gente que hace estas cosas. Una novela es una empresa muy seria, muy exigente, si a algo se parece es a una investigación científica. La cantidad de información, la cantidad de búsqueda, de investigación que está dentro de ella es inmensa. Yo tuve que leer muchos libros y buscar documentos de archivo, antes de sentarme un día a escribir la novela. Y cuando empecé a escribirla, tampoco era yo quien la escribía, era ella quien me hacía escribirla, eran las circunstancias de ella las que me guiaban, porque muy pronto yo me di cuenta de la riqueza de ese personaje y de todos los que lo rodeaban. Allí van surgiendo, en una evocación de presencia fantasmal continua, seres terribles, difíciles de entender, enigmáticos y que, en muchas formas, están presentes en nuestra actualidad. Allí estaba Carlos V viejo, allí estaba Felipe II joven, allí estaba Antonio Pérez, allí estaba la Princesa de Éboli, allí estaba la Corte de Felipe II, allí estaban las Guerras de Religión de Europa, allí estaba la rivalidad del Turco en el Mediterráneo, de modo que fue el libro el que me fue cogiendo a mí, y el que me fue enredando a mí, y yo tuve realmente la sensación de una liberación cuando, después de cinco años de trabajo, pensé que lo había concluido.
Juan de Austria tiene una atracción muy personal y particular, que es la siguiente: es la prefiguración histórica de algunas de las más grandes creaciones literarias que el hombre ha hecho. Es una prefiguración perfecta de Hamlet. Es un hombre que pasó su corta vida atormentado de una manera atroz por el problema de su identidad. Él no llegó a saber nunca a satisfacción quién era, se estuvo preguntando e interrogando todo el tiempo, y estuvo vacilando todo el tiempo sobre distintas posibilidades de su figura existencial. Es una prefiguración, también, de uno de los más grandes personajes del drama español, del Segismundo de La vida es sueño de Calderón, porque es también, como Segismundo, un hombre que pasa su vida entera en una especie de duermevela, de penumbra, en la que él no sabe dónde empieza la realidad y dónde termina la imaginación, en la que él no sabe nunca si
las cosas son reales o se las imagina, si lo que él piensa que está ocurriendo está ocurriendo, si lo que él piensa que va a ocurrir puede ocurrir. Y, por último, es también la prefiguración de un gran personaje de la literatura española y universal, el Don Juan de Tirso. Es un hombre que en su corta vida está arrastrado por un ansia de vivir, de gozar, de disfrutar, que lo hace entrar en un torbellino inagotable. Como Don Juan va de mujer en mujer, de placer en placer, de superficiales encuentros y goces, a sumirse continuamente en la profunda tragedia de su identidad. Todo esto lo hace un personaje fascinante, y fue el que yo traté, no de retratar, porque no era mi misión, de dejar hablar por mi boca, y de volver a vivir en la evocación de los acontecimientos que lo rodearon. Esto es lo que significa ese libro, y por eso digo que es un libro importante.
No quisiera, para no robarles a ustedes más tiempo, en esta ocasión tan importante para mí y creo que también, en alguna forma, para las letras de mi país y para los jóvenes escritores de mi país, dejar de dirigirme a ellos, especialmente a los más jóvenes. Yo les diría, simplemente: desconfíen de la facilidad, piensen que lo que es fácil no vale la pena, o vale muy poco, empéñense en la dificultad, luchen consigo mismos, pónganse metas altas y difíciles, lo importante no es ser el Balzac de la parroquia nativa, lo importante es ser el Balzac del mundo, y esa posibilidad está ofrecida a todo escritor verdadero. No sean los importadores de la última baratija literaria, sean los creadores de una literatura que exprese a un país, todavía mal conocido y mal expresado, que es Venezuela.
Esa es la invitación que yo le daría a los jóvenes escritores de mi país en esta hora: sean exigentes, sean tenaces, desconfíen de la facilidad y, como dice el Evangelio, porfíen a entrar por la puerta estrecha, porque el resto es eso que se llama la vocación literaria, el don de narrar, que no es otra cosa que ese extraordinario, riquísimo, confuso, poderoso, inagotable cuento del hombre contado por el hombre y para el hombre.
Manuel Mejía Vallejo (Colombia) y Gustavo Luis Carrera, Eduardo Casanova, José Luís González y Ramón González Paredes (Venezuela).
Amor portátil de Kalman Barsy (Argentina), Amirbar de Alvaro Mutis (Colombia), La rebelión de los placeres de Fernando Alegría (Chile), Cocuyo de Severo Sarduy (Cuba), Tres golpes de timbal de Daniel Moyano (España), Maluco de Napoleón Baccino Ponce de León (Uruguay) y Ojo de pez de Antonieta Madrid (Venezuela).
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