Ahora que estamos solos, entre amigos, quisiera solicitar la complicidad de ustedes para que me ayuden a sobrellevar el recuerdo de esta tarde, la primera de mi vida en que he venido de cuerpo presente y en pleno uso de mis facultades a hacer, al mismo tiempo, dos de las cosas que me había prometido no hacer jamás: recibir un premio y decir un discurso.
Siempre he creído, en contra de otros criterios muy respetables, que los escritores no estamos en el mundo para ser coronados; siempre he creído y muchos de ustedes lo saben, que todo homenaje público es un principio de embalsamamiento. Siempre he creído, en fin, que los escritores no lo somos por nuestros propios méritos, sino por la desgracia de que no podemos ser otra cosa y que nuestro trabajo solitario no debe merecernos más recompensas ni más privilegios, que los que merece el zapatero por hacer sus zapatos. Sin embargo, no crean que vengo a disculparme por haber venido, ni que trato de menospreciar la distinción que hoy se me hace bajo el nombre propicio de un hombre grande e inolvidable de las letras de América. Al contrario, he venido a regocijarme en espectáculo público, por haber conocido un motivo que agrieta mis principios y amordaza mis escrúpulos; estoy aquí, amigos, sencillamente por mi antiguo y empecinado afecto hacia esta tierra en que una vez fui joven, indocumentado y feliz, y como un acto de cariño y solidaridad con mis amigos de Venezuela, amigos generosos, cojonudos y mamadores de gallo hasta la muerte. Por ellos he venido, es decir, por ustedes.
Mario Vargas Llosa (Perú), José Luis Cano (España), Emir Rodríguez Monegal (Uruguay) y Antonia Palacios y Domingo Miliani (Venezuela).
Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante (Cuba), Una meditación de Juan Benet (España) y Cuando quiero llorar no lloro de Miguel Otero Silva (Venezuela).
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